martes, mayo 06, 2008

El centro de un círculo imaginario de Atahualpa Espinosa

Desde nuestra infancia el círculo nos atrae con su redonda perfección. ¿Cuántos de nosotros no pasábamos horas haciendo círculos en nuestros en las paredes o en cuanta superficie encontrásemos? Y es que la forma redonda nos remite a lo sagrado: el sol, la luna, el vientre materno, los huevos, los frutos, los senos, los órganos sexuales, todos nos remiten a la forma circular.
El círculo es la manifestación de la divinidad, de la perfección, de ahí la obsesión griega por alcanzar la cuadratura del círculo, encontrar la ecuación que les permitiera hacer de esta figura cualquier otra, en especial el cuadrado, y por ende el descubrimiento del número Pi. Pero los griegos no han sido el único pueblo que quedo atrapado en la circunferencia, ahí están los habitantes del México Antiguo, desde el istmo de Panamá hasta los indios pueblo veían en el círculo una representación divina, de ahí que la rueda no se haya usado en estas tierras como modo de transporte, no es que no la hayan descubierto, lo que sucede es que era sagrada, todo círculo en el México Antiguo era sagrado; el sol el más de todos.
Pero el círculo es más que la perfección, lo sagrado y sus trescientos grados. Atahualpa Espinosa no lo demuestra con su cuentario El centro del círculo imaginario, primero que nada porque lo imagina, crea una nueva circunferencia. No es, ya, las dos luminarias que nos marcan el paso de los días y de los meses, tampoco el huevo de la fertilidad, ni las formas redondeadas, no es, en fin, el aro que observamos desde fuera, esté es, en los cuentos de Espinosa, un círculo interior, lleno de nosotros mismos, inundado de imaginación. Porque no debemos de perder de vista que es en la imaginación donde se va dibujando, se va trazando el círculo que nos bordeara para nosotros, el espectador, el lector seamos el centro, somos el punto de radiación a partir del cual la circunferencia va creciendo.
Atahualpa Espinosa juega en sus cuentos con la simulación, para irnos envolviendo a través de ellos en su círculo, pero el círculo con que nos va envolviendo no sólo nos envuelve a nosotros, también él queda en el centro. Así, nosotros los lectores y él, el autor, viajamos a lo largo de sus cuentos pero manteniéndonos en el mismo punto, en nuestras propias referencias, como el trono del rey-narrador de La flor y el lagarto:
“El trono se halla siempre en el mismo punto, en el centro de mi reino. Es el espacio que lo rodea lo que se mueve y se dobla para que yo caiga, como una gota de agua por un embudo, hasta él”[1]
Espinosa sabe que regresaremos a nuestras vidas una vez que lo hayamos leído, al trono, al centro del círculo imaginario. El centro, el punto del que parte todo es el yo, el ego, la individualidad, a partir de donde nosotros, el yo, conoce el mundo. Pero el yo no existe, no puede existir sin el resto, sin los otros, la sociedad, porque, como dice Paz en su Piedra de Sol:
“-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?, ¿cuando somos de veras lo que somos?, bien mirado no somos, nunca somos a solas sino vértigo y vacío, […]nunca la vida es nuestra, es de los otros, la vida no es de nadie, todos somos la vida ?[…]”[2]
Los otros, a partir de quienes nosotros somos son el círculo imaginario, el mismo mundo todo aquello que existe fuera de nosotros es ese círculo que nos rodea y del que no podemos, nunca, alcanzar al borde, que tampoco podemos poseer:
“los postes de la luz, los cables, las calles y los edificios son algo que existe porque tanta gente confía ciegamente que así sea. La gente sueña que todo lo que fabrica es real y les pertenece […]”[3]
Y aún más, Espinosa considera que “las cosas soñadas sólo se pertenecen a sí mismas”, pero esas cosas soñadas son los objetos materiales por los que la gente se esfuerza en adquirir, de los que salen comerciales en la televisión y por los que se ofrecen ofertas. Porque a lo largo de su cuentario uno se da cuenta que él considera, como Bertrand Russell que lo que poseemos verdaderamente son nuestras creaciones, el conocimiento que adquirimos, lo que creamos. Sus personajes no poseen nada, ni el joven aficionado a los videos caseros que habita un departamento de alguna ciudad futura, ni el obrero que lo único que tiene es ver por la ventana:
“La veo, hasta olvidar todo lo demás […], porque la sensación reconfortante que da la falta de utilidad, un significado específico en toda esa tierra, ese cielo a medio nublar y el aire amplio que llena todo el espacio que mi vista abarca, no puedo experimentarla en ningún otro lugar de la inmensa construcción en la que estamos confinados. […] Son mis vacaciones, casi podría decirse.”[4]
Este joven podría pasar horas embebido en su contemplación:
“Podría olvidar el paso del tiempo en la contemplación de la vista. Tal vez sólo reaccionaría ante la llegada de la noche, si no fuera por ese timbre chillante”[5].
Del mismo modo que el protagonista de Intimatonics, Inc, a quien no le queda más que su café, nos dice:
“Mañana vendrán de nuevo unos enviados de la Comisión para desalojarme y ubicarme temporalmente en un asilo público. Por suerte, me informaron, no me serán incautadas todas mis propiedades. Aunque ya no me dolería tanto perder cualquiera de las que me quedan, siempre y cuando no sea la cafetera.”[6]
Y el mundo que rodea a estos personajes, solos, casi sin pertenencias, es quien los amenaza. Así el protagonista de Interior/Exterior contempla a sus compañeros en el autobús en una con una emoción muy cercana a la náusea que siente Antoine Roquetin, en la novela de Jean-Paul Sartre:
Pero él no es el único acosado por el mundo, ahí tenemos a Rot y su temor casi genético a la presencia humana, como cuando después de despertar en un campo abierto durante el día un hombre joven lo ha visto:
“Le invadió un terror que nunca antes había sentido. Hubiera querido correr en la dirección contraria y refugiarse, pero habría sido una decisión suicida dejar que escapara. Él era consciente, por virtud de ese conocimiento que parece enraizado en la misma carne […] que cualquier humano que lo viera siempre regresaría por él cuanto fuera capaz de hacerlo.”[7]
Además las corporaciones se convierten también en una fuerza opresora sobre los personajes de Espinosa, así el obrero de Al otro lado de la ventana quien vive confinado de por vida en la ciudad empresa:
“Con la práctica que dan los muchos días de realizar la misma actividad, no es tan difícil hacerse a la idea de pasar las siguientes horas acomodando esas péquelas láminas metálicas en los compartimientos de una estructura, de la cual desconozco su utilidad, […] hasta que suena la alarma de salida y soy conducido, junto con el resto de los trabajadores de mi división, hasta los dormitorios”[8]
El mismo personaje que más adelante nos dice:
“trato de decidir si deseo emplear mi bono acumulado del ms en raciones extras de comida o en productos de la Compañía”.[9]
Pero al mismo tiempo, en El centro del círculo imaginario se nos plantea un respiro, un modo de salvarnos de este mundo, de ese círculo, el que si no podemos cambiar, Atahualpa Espinosa nos propone que creemos un nuevo círculo del que nosotros somos su centro, su radiante, y el que sea nuestro, solo nuestro, imaginario.
[1] El Centro de un círculo imaginario, Espinosa, Atahualpa, 2007, Fondo Editorial Tierra Adentro, pg. 44-45
[2] http://amediavoz.com/paz.htm#PIEDRA%20DE%20SOL, Piedra de Sol, Paz, Octavio
[3] El Centro de un círculo imaginario, Espinosa, Atahualpa, 2007, Fondo Editorial Tierra Adentro, pg. 21
[4] Ib. pg. 78
[5] Ib. pg. 79
[6] Centro de un círculo imaginario, Espinosa, Atahualpa, 2007, Fondo Editorial Tierra Adentro, pg. 43
[7] Ib. pg. 63-64
[8] Ib. pg. 79
[9] Ib. pg. 80

1 comentario:

Palbo dijo...

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